UMBRAS
Entre las eternas preguntas de nuestra condición humana, hallamos el adagio «de dónde venimos, quiénes somos y a dónde vamos» arraigado en un pasado que trasciende los tiempos históricos. Aunque la frase es más conocida tras 1897 –cuando Gauguin culminó su lienzo de casi cuatro metros de largo y planteó haber realizado una obra filosófica, a partir de las esenciales interrogantes sobre nacer, vivir y morir–, el tópico de la existencia se remonta a tiempos pre-evangélicos, a las épocas de las que la “buena nueva” tanto asimiló mediante diversos nombres, similares situaciones, enseñanzas afines que luego las prácticas ideológicas –entendidas como credos hasta hoy– fueron metabolizando adaptadamente y “haciendo suyas” como preceptos. Acaso tanto es inefable en la naturaleza humana desde más allá de los tiempos conocidos. Porque, hasta donde presumimos, tal vez es cuestión exclusivamente humana escudriñar en nuestro ser.
Los tiempos históricos, marcados según las convenciones de las disciplinas que investigan nuestra fuentes y devenires, se mantienen en ese margen temporal de los tres mil ochocientos años antes de nuestra era. Un proceso que tiene a la escritura –desde los primeros tiempos mesopotámicos, correspondientes al periodo sumerio– como un largo proceso consecuencia de importantes cambios en las capacidades cognitivas humanas, que propician un “desarrollo” cognoscitivo y, con ello, la producción de artificios –de procesos creativos– que distinguen a la humanidad respecto al resto de los seres vivos en el mundo que suponemos conocer.
Tal aptitud conduce al desarrollo de procesos culturales que redundan en la capacidad no sólo de reconocer una realidad e interpretarla de forma perceptiva –con la implicación de los más de diez sentidos que hemos desarrollado, para ciertos campos superan los treinta– sino con el incremento de otras formas de la percepción y el procesamiento sonoro, oral, visual, táctil, térmico, motriz, temporal, espacial, et. al., y gradualmente la concreción de otras formas expresivas o lingüísticas que se tornan complejas con la capacidad de expresión simbólica; que basamenta al lenguaje escrito como un altísimo logro en el ultra-milenario proceso que condujo a la escritura cuneiforme –y de ella tantas más, hacia el Oriente y los preludios de Occidente– en combinación con otras formas de creación sígnicas.
Porque si bien la escritura establece un giro superior cualitativo, los procesos expresivos humanos se adentran en un pasado aún no del todo conocido, pleno de velos y entresijos por elucidar, que trascienden hasta alrededor de dos millones quinientos noventa mil años cuando –según los campos de investigación– se establece relativamente el comienzo de nuestros andantes ancestros.
Y en medio de todo lo objetivado sobre nuestro pasado, mucho es incógnita que alimenta esa otra dimensión alentadora no sólo de la imaginación y lo místico hasta el presente, sino de nuestra relación con lo cosmogónico, lo celeste o astral, como parte de interrogantes y ansias por establecer otros niveles de conexiones, a la vez que una manera de encontrar más respuestas sobre tantas “lagunas” existentes desde nuestros ascendentes.

Es en esa multidimensión que Elías Permut nos dispone ante obras que ha creado desde 1997 hasta el presente, en continua pesquisa personal como “reconocimiento”. Sus procedimientos tienen una base dibujística, aunque se concretan en el medio principalmente pictórico. Resultan de una autoexigencia a tono con una personalidad que busca comprender y dominar su estado, entre exigente y agitado. Por eso deriva en consecuencias formales racionalizadas desde una base centrada en lo aparentemente lineal, emblemático, representativo, que nos remite a lo esencial, casi gráfico pudiéramos decir. Donde parece vivir una economía de recursos expresivos dados por esas síntesis que, al final, terminan siendo el sumario pictórico de una profusión sígnica. Mucho o todo como una suerte de antídoto a sus desconciertos como individuo, ser social y generador cultural. Es entonces un concierto de múltiples fuentes que se combinan. Su arte es reverencial de lo que considera supremo, omnisciente, trascendental desde el ámbito que ha creado para sí mismo y para otros, aun desde quienes le han antecedido o nos han precedido.
Su ejercicio se sumerge entonces en el acto pictórico. Incluso desde esa aparente síntesis o convergencia, no es palimpséstico sino sintáctico –al ser conjunción entre recursos expresivos y formulaciones sígnicas entre el lenguaje escritural e icónico–, donde podemos develar, según nuestro conocimiento, esas referidas confluencias ancestrales con re-interpretaciones que pueden mover a desmontes semióticos para propiciar con el artista debates como espectadores y, sobre todo, creyentes, cultores avezados o descreídos.
En sus piezas descubrimos invariantes tanto en hebreo como en sus precedencias cuneiformes, jeroglíficas, semíticas, de influencia fenicia, hasta su evocación a Elohim (אֱלֹהִים) –plural solemne para los dioses, plenitud de poder, grandeza, justicia, entre diversas acepciones–: el creador trascendente y todopoderoso. Porque en una reducida traducción, constreñida a la concepción de dios en el pueblo de Israel, este se desmarca de las deidades paganas y las derivaciones angelicales. Nos conduce hacia tiempos anteriores, comprendiendo tanto las abstracciones de un lenguaje previo a las religiones, como a las que sentaron las bases para la cristalización de las concepciones pre-cristianas y posteriores.
Debemos tener en cuenta que para el centro euroasiático y Occidente han sido más relevantes, hasta una parte del siglo XX, las que estructuraron las bases hebreas, el origen étnico desde Abraham y su controvertida relación con las tierras egipcias, hasta los descendientes de Jacob –sustento de las doce tribus fundacionales– que genera tanto la fuente étnica como idiomática, así como las expresiones del lenguaje que surgieron en el territorio poblado por las tribus conocidas como de Iehudá: el llamado Reino del Sur. Es entonces una entremezcla de una antigua raíz histórica con un pueblo cultural que practica una religión.
Tras ello, el surgimiento del cristianismo dentro del seno mismo de esa sociedad en Judea –para el primer siglo de nuestra era, bajo la dominación romana–, que abre un proceso también complejo hasta la actualidad, con el desarrollo del catolicismo, la ortodoxia y tras el siglo XVI del protestantismo y luego el anglicanismo, entre otras derivaciones no cismáticas.
Pero estos compartiendo la idea crística, en esencia, coinciden en percibir a Jesús de Nazareth como el “ungido”, a diferencia de la mayoría de las concepciones judías en relación con la idea del Mesías –no es del todo conocido, pero dentro del judaísmo hay quienes aceptan, minoritariamente, a Jesús como el enviado de dios–. No podemos olvidar que Jesús, ya que “Cristo” es una adjetivación divinizadora posterior, de nuestra era, desde el seno de la iglesia derivada del griego antiguo: Christós, comprende algo no aceptado plenamente por los pueblos judaicos previos, pues no consideran a Jesús como el hijo de dios ni quien provee la redención humana y, entre otras razones, por ello ponderan más las escrituras de lo conocido como el “Antiguo Testamento” respecto al “Nuevo Testamento”, estructurado por siglos hasta tiempos más recientes en sus “interpretaciones” en disputas con las concepciones pre-cristianas.

Desde este complejo entramado que trasciende más de dos mil años, Elías Permut nos propone ir “más allá” en los tiempos “humanos”, con parte de las tantas nociones del dios que le alienta como individuo y artista. Y en “ALIENÍGENAS ANCESTRALES”, su última exhibición, resume parte de los entrelazamientos que le han obsesionado desde su primera juventud. Debo precisar que es consecuencia de diversas inquietudes que, al menos, he rozado o procuraré tantear. Una de las más importantes en mi criterio es, dentro de su entremezcla de referentes, fuentes, combinaciones simbólico-lingüísticas, la de intentar manifestar de dónde viene su compleja individualidad. Con ello hurgar meditativa, antropológicamente, en una línea que lo mueve aún a calar hasta una médula que está preñada de entresijos no sólo sociales, culturales, sino además filiales. Por eso su expresión como artista asimila desde diversas bases culturales que derivan en su tenacidad por intentar comprender su dios, el suyo y de tantos más, como resultado de tantos que le preceden hasta ser consciente en él una búsqueda raigal en sus antecesores judíos.
Es justo precisar parte de su necesidad personal como una respuesta a una línea familiar truncada dentro de la dinámica socio-ideológica que le antecede y continúa dentro de la realidad donde se formó. Elías asume la responsabilidad de reivindicar una genealogía que se fue debilitando en el contexto cubano respecto al reconocimiento del estado de Israel.
De una presencia judía desde los primeros años de la conquista española, con la llegada de judíos convertidos al cristianismo que arribaron a la isla como colonos, fue un proceso que para 1924 generó una comunidad de más de veinte mil personas, y aumentó desde Turquía, tras la desintegración del Imperio Otomano, desde Europa del Este y Rusia con las inmigraciones durante la II Guerra Mundial. Pero el proceso se invirtió con la emigración de más del noventa por ciento de la comunidad tras 1959.
La organización interna judía en Cuba se precisa en 1906. Para el año que marca el proceso revolucionario, cincuenta años después, existían en La Habana cinco sinagogas. Fuera de la capital vivían familias cubanas judías, de las cuales los abuelos paternos de Elías eran parte.
Tras un proceso oscilante en relación con la comunidad judía moderna y contemporánea –que desde 1959 hasta 1967 se consideró extraordinariamente positiva entre ambas naciones, dadas sus posiciones de carácter “socialista”–, comienza un transcurso que marca un parteaguas en 1973, cuando en la IV Cumbre del Movimiento de Países No Alineados en Argel, Fidel Castro anunció la ruptura de relaciones diplomáticas de Cuba con el Estado sionista. Es muy complejo el proceso, cargado de intereses económicos, políticos y por conveniencias circunstanciales, que inclinaron al dictador a favor de los pueblos árabes y los cambios de las políticas del bloque soviético. Pero en medio debemos tener en cuenta que se debilitó la comunidad judía, su relación con el nuevo estado, y esto afectó a las pocas familias que se mantuvieron dentro del contexto cubano.
En medio de ese debilitamiento, la pérdida de muchas ideas de pertenencia a una comunidad de herencia milenaria. Los Permuth que llegan a América son rastreables desde Bielorrusia, Rusia y el área germana. Se registran en EUA desde 1920 con una familia establecida en Illinois como Permut. Les anteceden otros miembros desde 1891, provenientes del Reino Unido y Canadá. La escritura del apellido y sus terminaciones podrían haber evolucionado con el tiempo según patrones migratorios, matrimonios interraciales o, incluso, por simples errores humanos. Por ello la razón de la pérdida de la “h” en varios casos, todos derivados de aquellas primeras familias provenientes de Europa.
En consecuencia, la familia de Elías se asienta principalmente en la zona del centro-este de Cuba. Y él, como ser y artista, se propuso un redescubrimiento de sus raíces familiares, de bases culturales que emplea dentro de las obras que desarrolla.

Es desde esa vocación suya que, hace casi siete años, Permut comenzó a desarrollar un proceso interdisciplinario junto a Héctor Antón Castillo, uno de los más importantes críticos de arte que ha concedido Cuba, y con quien comencé mi bregar desde el discurso crítico a finales de los años noventa del pasado siglo. En tal sentido, Antón es el hermano común que nos enlaza, con tantas experiencias que nacieron de la admiración, la amistad y el procurar ser mejores en nuestros oficios.
Durante los últimos cuatro años de vida de Antón, quien falleció en 2024, ambos intercambiaban desde cero hasta el final cada nueva pieza creada por Permut. Es por ello que esa voz crítica esencial, Héctor Antón, se mantiene presente en estas obras con toda su fuerza, su vasta cultura de índole interrelacional y su criterio radical; amalgamando a través de las mismas un proceso lingüístico que nos adentra, entremezclado y coincidente o cual mosaico, en vastas zonas del misterio que también nos conforman.
Mucho en estas creaciones emana hacia otras líneas temáticas que trascienden la búsqueda de la raigambre familiar que mencioné anteriormente. Mucho entonces se amplía desde una “sana paranoia” que impulsa a crear, vincular: ese ‘religare’ que sustenta a los sistemas de conocimiento desde tiempos arcanos y es la base de lo que entendemos como las religiones pilares desde milenios. Dentro, una invitación a procesar y sentir mediante nexos, en un espectro de signos, símbolos, tropos lingüísticos que Permut nos ofrece para intentar romper nuestras mentalidades epidérmicas y adentrarnos en ese ámbito de lo no revelado legendariamente.
Me remite a una obsesión compartida –en mi tránsito hacia el comienzo de mi juventud– en relación con códigos o señales pretéritos, impregnados de una enigmática atracción que acaso propicia una sensibilidad y respeto por quienes hoy nos habitan, desde ese cosmos del cual somos parte y contenemos interiormente –aun ignorando y anhelando tanto a la vez–.
Mas Antón se estremeció cuando Permut le mostró algunas de sus obras en este camino. Pues dentro de los hilos, caminos o vocaciones que han constituido el proceso del arte contemporáneo cubano, lo que realiza el artista conduce a otros derroteros no del todo experimentados dentro de “la lógica” del proceso artístico del cual proviene. Porque si bien existe una vocación antropológica robusta en diversos artistas surgidos en ese contexto cultural –ese meditar sobre nuestra condición humana–, las pesquisas y combinaciones creadas por Permut no son muy usuales, a pesar de ser compartidas por no pocos.
Entre el sarcasmo y las múltiples fuentes que conectaban en el diálogo entre Elías Permut y Héctor Antón, el segundo fabulaba posibles espacios y situaciones evocando a Ray Bradbury. A partir de ello surge, con el sentido del humor característico de Antón, la idea de que eran como “pinturas marcianas”. Extensiones artísticas que él imaginaba formando parte de los espacios narrados por el escritor estadounidense. Luego, entre mis conversaciones con el artista, le comentaba sobre la existencia de los “colores marcianos”: colores interiores que algunos percibimos cuando se produce un fenómeno intersensorial o, en menores ocasiones, sinestésico. Estos “colores marcianos” son consecuencia de la asimilación conjunta, o análoga, que sucede al transferirse varios tipos de sensaciones mediante diferentes sentidos en un mismo acto perceptivo. Como cuando escuchamos una obra musical y nos sugiere un cromatismo visual. Pero además, en los casos de personas daltónicas o con alteraciones en la percepción cromático-visual, o en personas que sufren de invidencia congénita o tras perder la visión, la generación de sensaciones cromáticas que logran describir a pesar de tal limitación perceptiva.
Héctor tal vez haya sabido de estos mecanismos de la percepción sensorial que conducen a los “colores marcianos”, pues recuerdo habérselo comentado por otras razones relacionadas con mis investigaciones sobre lo intersensorial y lo sinestésico. Sin embargo, en lo concerniente a las piezas que iban cavilando entre él y Elías, la ocurrencia iba por otros caminos que adquirían otros niveles metafóricos.
Esto surge de mis diálogos con Elías, quien lo recuerda como anécdota recurrente dentro del proceso entre ellos, tras yo exclamar estar ante “pinturas Anunnakis”. En mi caso desde otras causas vinculadas con mi propensión adolescente a leer textos diversos, incluyendo algunos de los considerados “sagrados”, y ver materiales sobre nuestros antepasados, creyente en aquellos años de nuestros recónditos vínculos con otros seres y luego, recordarlo con un amigo en Los Ángeles frente a uno de los espacios de culto de la controvertida cienciología.
Tras estas ideas, tal vez desde cierto humorismo, lo que parece haber fabulado Héctor Antón por una parte, y yo brevemente por otra, indican una “entrada” a algo más diverso en la concepción simbólica de las obras de Elías Permut. Pues sí es notoria su remisión a los hijos del dios del cielo junto a la diosa de la tierra. Una unión que sustenta, desde tantos nombres y fases, prácticamente todas las bases de las culturas primigenias en tanto metafóricas concepciones de la generación de la vida y con ello del surgimiento de nuestra especie.

Mas en la profusión simbólica de las obras de Permut uno puede “jugar” entre signos y velos temporales. Como he referido, los combina, los emparenta, tal vez de forma insospechada o cuestionable para algunos. Porque en el fondo mucho está conectado, es causa y efecto de procesos evolutivos de nuestros procesos culturales y del lenguaje creado en consecuencia.
Es de este modo una propuesta preñada de intertextos, conjunción de referencias culturales que funcionan como “vías” que invitan a adentrarnos en algo ignoto desde los tiempos de Tassili n’Ajjer; desde los previos anunnas –moradores del secreto Bosque de los Cedros– y los ulteriores de Aššur; pasando por el esoterismo que tanto calara desde los tiempos pre-bíblicos con sus interesantes trinidades –anteriores a la cristiandad más conocida en Occidente, que se hallan tanto en culturas orientales como de este lado del Atlántico–; en la energía que creemos desarrollar desde el poder de las manos, de la curiosa indagación sobre el mundo, desde el poder de nuestras percepciones –con la mirada como símbolo de nuestra reflexión sobre todo lo que podemos o pretendemos alcanzar–; en la creación durante siete días y la presencia de dios con su luz y sabiduría, que se simboliza en la menorá, combinada con esa otra expresión del cielo y la tierra, protegidos por la divinidad –que funda al símbolo de la estrella de David–, así como otros iconos e ideogramas que nos remiten a orígenes donde dios no era sombra sino albor; o mucho en la búsqueda de esa sacra y matemática armonía “áurea” desde los tiempos antiguos, sostén de creencias y prácticas que se adentran en lo que llamamos arte; hasta los herméticos y las sociedades “secretas” que siguen alimentando un profuso camino hasta una actualidad que reavivó tales fes; con las ensoñaciones de tantos Médiums, o “re”-creadores de mundos como Bradbury, Asimov, Tarkovski, Kubrick, Nolan; desde las naves y “dioses” ponderados por Von Daniken o en las “Crónicas de la Tierra” de Sitchin; algo de Borges a Sagan –ese “sentir” un universo hoy multiversal, físico y espiritualmente– que nos puede retornar a las extrañas formas de comprendernos en medio de tantas preguntas.

Porque en las obras que componen “ALIENÍGENAS ANCESTRALES” se contiene esa metafísica que ha impulsado a no pocos artistas desde diversos campos expresivos. Esa mediación de dios para seres como Elías Permut. Esa suerte de seducción por lo que aún no logramos explicarnos –o tal vez no tenga o no requiera explicación–, que alimenta la noción de los paleo-contactos, la génesis de un ser híbrido desde diversas naturalezas, que nos abre los brazos como esos arcanos que unían lo terrenal con lo sobrehumano: en esa perenne búsqueda nuestra por lo que trasciende los tiempos, las dimensiones conocidas, los espacios que nos impulsan a creer en algo más que lo mínimamente percibido por nosotros.
St Josef vom Berg. Abril de 2026























