TRANCES I
Autoritarismo, sectarismo, intolerancia, ignorancia, estupidez, populismo inefectivo, discursos de identidad exclusiva que no admiten, sino segregan nuevamente… decadencia cultural. Con tanto más, esto es lo que parece dominar. Una gran desilusión no sólo política, sino también intelectual y moral.
Porque vivir entre contradicciones, normalmente, puede ofrecer sus resultados. No así las paradojas: son irresolubles y parecen crecientes en los tiempos actuales. Aunque para algunos resulte estimulante tal época que vivimos. Agrisada, más distópica que utópica –aunque las utopías nunca se alcancen, fueron un aliciente para futurizar la humanidad en este mundo–. Tras tanto haber creído, desde las posiciones que hayan sido, las promesas redentoras que todos los caminos ideológicos, con sus sistemas sociales, terminaron por representar y aplicar prácticamente hacia lo contrario.
Escudriñamos o simplemente buscamos, consumimos y tras ello nos llega a cada segundo –entre la desproporcionada infodemia y la alteración temporal que vivimos–, una profusión de contenidos aparentemente fugaces que vienen y van, desaparecen y vuelven, regresan hasta atestarnos reiteradamente, mientras nuestras “búsquedas” son registradas en lo hondo de una profundidad que desconocemos; más allá de la superficie donde navegamos sin conocer los timoneles. Mucho es parapeto o cortinaje que procura desviarnos la atención de los problemas más graves de esta nueva época que nos conforma. Y tal vez poco sea presuntamente desconocido. Pues todo parecer estar ahí, en ese extraño “éter” que nos distrae con tanto, acaso imposible de aprehender, precisamente por tanto que es –en tan cortos tiempos– para asimilar lo esencial y quedarnos atrapados en la madeja hipertrofiada.
En el campo del arte, si no todo, mucho repercute. Poco parece escapar a esta crisis epocal y sistémica, en este vivir el descalabro de definiciones ancladas en una modernidad ya inexistente –en una contemporaneidad que dista mucho de lo que se postuló desde hace más de doscientos años–. Y aunque en los procesos de carácter cíclicos que hayamos vivido como humanidad las sociedades han sido ordinariamente creyentes de que transcurren novedades, que existen en esencia, la generalidad no percibe que en ciertos lapsos hemos experimentado giros que parecían apocalípticos y en realidad fueron el germen de importantes cambios morfológicos, instrumentales y de contenidos que han afectado a las artes, dentro las visuales. Crisis necesarias para desenquistar lo que ha lastrado al lenguaje simbólico.[1] Por ello cada proceso de transformación revierte otros niveles de desarrollo no sólo de la percepción y los modos de crear, sino en procesos internos del ser humano sensible, que posibilita otros niveles aún no del todo conocidos dentro del ámbito cognitivo, luego cognoscitivo y por ende sensorio-racional y emocional.

Sin embargo, llevo varias semanas con un sinsabor por el cúmulo –grisáceo-oscuro– que como tempestades con naufragios me conducen a molestias, a mis reacciones burlescas como defensas, a preocupaciones persistentes sobre tanta basura que se vive, se hace y se aplaude; en medio de esta época de cambios y entre tanta estupidizada generalidad.
Por una parte, los bombardeos de noticias de casas subastadoras, donde se pondera más lo financiero que no deja calar en la trascendencia cultural, o no, de las obras que pasan los filtros de esas estructuras del mercado. Tener que escuchar conversaciones de uno u otro lado, de un nivel u otro, sobre cuán exitosos somos o aparentamos ser por tener más estatus financiero respecto a los tantos que no. El dinero como pompa y fin último, no como mediador de energías también necesarias, pero que en última instancia son las que nos constituyen vitalmente. En medio, la gran distancia entre sensibilidad, talento, poder simbólico cultivado, cada vez más lejano en esta época de una valoración relativa a otras cualidades del ser humano.

Y peor, pues tras toda especulación bursátil se esconden realidades más preocupantes, acaso sin finales felices, trágicas, para mayor atontamiento de una sociedad que vive más la vida de los demás que la propia; pero ajena en gran medida a la compasión y la comprensión que tanto urge renovar. Una humanidad que desconoce lo más esencial que nos correspondería: ese saber de dónde venimos, quiénes somos y cómo debemos ser. Pues a dónde vamos, en estos tiempos, es bastante impreciso.
Entre tantos dislates, un Banksy presuntamente desenmascarado con la identidad de Robin Gunningham, luego David Jones, que retorna a finales de abril de 2026 con ese andamiaje que le sustenta ocultamente, y muchos percibimos como disruptivo cuando es –aunque bien logrado y sintomático de los aires que soplan y nos obcecan– “correcto políticamente” para todo lo que sucede globalmente. Sólo pensar que con un pedestal, “Blind Faith” (o Fe ciega) fue emplazada “sorpresivamente” en Waterloo Place, entre Trafalgar Square y el Palacio de Buckingham, en un área metropolitana altamente controlada por la vigilancia de todo tipo, que históricamente ha conmemorado al imperialismo británico y su dominio militar durante el siglo XIX. Cerca de estatuas como las de Eduardo VII, Florence Nightingale y el Memorial de la Guerra de Crimea.

Sin embargo, no me es nueva la imagen, desde otras estrategias (y el mismo Banksy ha empleado este ardid en obras anteriores como “The Drinker” de 2004 o “Cardinal Sin” de 2011 y otras, de dudosas naturalezas “guerrilleras”), ya en el Romanticismo se combinó por Delacroix, pero con sentido opuesto, el juego simbólico entre el ser humano y las banderas nacionalistas, luego entre algunos del Realismo y del Impresionismo, en continuidad con el fervor nacional y de una nueva realidad moderna. Y así tantos clichés de tipo pseudo-artístico, o epígonos de lo probado. Distingo hasta la trágica imagen, en otra dirección, pero acaso pertinente, de la muerte de Isadora Duncan. O volviendo al arte en sí, parte de las obras de Jasper Johns, que poseen un sentido crítico interno, sutil y rico, en cuanto al tópico nacionalista –aunque haya sido tan manipulado luego con el “vaciamiento de contenidos problemáticos” por el mercado de Estados Unidos y otros–; Jimi Hendrix en Woodstock, 1969 (y similar tantos más, fuera del campo artístico), o desde fines de los setenta del siglo XX Robert Longo, quien abordaba crítica y estéticamente a la sociedad occidental con sus seres “ejecutivos”, partes del successsful system al estilo de Wall Street. Recuerdo que una de las fundadoras de Fluxus desde Colonia, Mary Bauermeister –con mucho por reivindicar de sus obras–, invirtió la bandera alemana en un acto de respuesta al “peso” de la historia de su país y fue un escándalo en su momento –me mostró la pieza original en su casa en Rösrath y aun siendo algo hoy simple, poseía una carga muy fuerte por todo lo que late tras aquel gesto–.

Pero además ha sido abordado en diversos medios –con la saga “The Matrix”, y del mismo Longo su film “Johnny Mnemonic” de 1995, antecedente de la obra de los Wachowskis junto a tantos precedentes, o en “El día después de mañana”, de 2004–. No puedo dejar de mencionar a alguien conocido en ciertos contextos como Luis Manuel Otero Alcántara, precisamente en prisión desde 2021 por, entre diversos cargos construidos como delitos, subvertir el «sacro» sentido de su bandera nacional con un largo proceso performático, dentro y fuera de Cuba –su país de origen y donde decidió permanecer haciendo obra y activismo a pesar de haber estado en diversas residencias en Europa y América–.[2] Porque en ciertos contextos fundamentalistas y contra la expresión humana, el cuestionamiento simbólico sí es altamente penado.
Pero ahora con la semántica evidente de los nacionalismos, como me hace recordar un slogan con neones ya inservibles a finales de los años noventa del pasado siglo, en medio de unas avenidas en La Habana, que rezaba: «Con el capitalismo estábamos al borde del abismo. Con el socialismo dimos un paso al frente». Tal vez parafraseando la idea de Pinochet: «Ayer estábamos al borde del abismo, hoy hemos dado un paso hacia adelante». Porque entre falsas izquierdas y evidentes derechas, no ha existido mucha diferencia cuando revisamos la historia.

Como planteamos algunos tras Guy Debord, Giorgio Agamben, Ihab Hassan, Mario Vargas Llosa, Pierre Bourdieu, Umberto Eco, entre otros pensadores y creadores de Occidente y del “no Occidente”: la sociedad del espectáculo está ya en nuestras “venas culturales”. Es sumamente difícil sustraerse a ello. Y comprende el entretenimiento, el consumo, la pasividad, la frivolidad, la superficie: lo que gusto en denominar la cosmetización. A diferencia de los cultores, conscientes del acervo, de la memoria creativa –no ese estanco donde, también por intereses políticos constructores de falsas “identidades”, se alberga lo folklórico instrumentalizado, tergiversado o degenerado (atendiendo a que folk-lore es consecuencia de “el acervo de los pueblos”, algo activo, vivo, no repetitivo desde lo inamovible del pasado hecho para venderse como fórmula, que es lo que tanto se estila). Aunque entre ellos existen, crean, algunos renovadores desde esa sensibilidad, que dan valor a lo relacional, lo vivencial, lo que es parte de un proceso y un experimento transformador, no estático, impermanente.
Otro de los indicadores que me mueven a este texto es la 61ª Bienal de Arte de Venecia, que abrió sus espacios hace unos pocos días en medio del escándalo por la dimisión del jurado de premiación –según declaraciones en respuesta a la inclusión de Rusia con su pabellón y las posibles relaciones de negocios de su curadora con la familia del ministro ruso de asuntos exteriores; además, entre otras causas, de la presencia del pabellón de Israel–. Estados sujetos a acusaciones de sus líderes por la Corte Penal Internacional debido a crímenes de guerra o contra la humanidad. Una clara intención por politizar de otra manera, pues el arte hace siglos es también político, no seamos ingenuos, ciertas posiciones en medio de la tormenta que tal renuncia y otras muchas reacciones han suscitado en esta edición de 2026.
Todo “el oro del león” que distingue a la Bienal pasa de los filtros especializados a una convocatoria popular que, parte de la domesticación actual, se concibe más útil tras la forma onerosa que propician consumiendo, luciendo y mostrando sus presencias, y de paso “participar” como público con el premio de un acaso patético “león visitante”. Para al cierre de la bienal, en noviembre, cuando supuestamente haya bajado la temperatura de todas las posiciones, concebir la ceremonia del dorado premio tradicional. Mientras, el león principal no ruge, queda a resguardo. Mientras, todo garantiza cínicamente convertir la crisis de esta edición de la Bienal de Venecia en un buen negocio de presencia turística.

Lo que permite mayores manipulaciones y discusiones sobre cuán apto es un público para conceder valor a unas obras respecto a otras. Porque no lo olvidemos: cada campo cultural genera y existe consecuencia de sus más destacados creadores –aunque como en todos, en arte sea tan controvertido–. Otorgar “la voz decisora” a quienes quizás no poseen ciertas cualidades para ello, es sintomático de otros hartazgos, discursos populistas, otras transacciones de capital y grandes riesgos.
La beligerancia de las posiciones críticas se intenta disminuir empleando aplicaciones y software para moderar la presión. Aumenta la presencia de personal de seguridad y policial que responde a lo autorizado o no –lógico en este entorno policíaco que vivimos, lo beligerante también se amolda a conveniencia–.
En medio, exclusiones y luego reincorporaciones de artistas, o de países como Irán. Por otra parte Estados Unidos, también afectado en su presencia por otras razones presupuestarias, previamente manipuladas según algunas fuentes, en lo que se considera un hecho que “disciplina” a las instituciones del arte desde la actual práctica trumpista. Manera de filtrar más al campo artístico desde la vertiente política que no gusta de lo conflictivo inconveniente. Entre todo, aperturas pospuestas, performances e instalaciones afectados, huelgas que implican a quienes han estado tras las bambalinas de los nombres de los artistas y sus pabellones: un diverso personal de servicio que es poco visible.
Y sintomático de los tiempos globales: el descalabro y desplazamiento del esfuerzo institucional estatal público por el del poder privado, con organizaciones de renombre internacional, aprovechando la coyuntura para hacerse dueños de gran parte del pastel; si no todo.
Uno de los posibles valores que no brilló con esta edición, tras ciento treinta y un años de existencia, puede ser lo que sustentó su curadora Koyo Kouoh, de origen camerunés y fallecida en mayo de 2025 en Basilea, casi un año antes de todo este spotlight amargado con el escándalo internacional. Nombrada en 2024 tras propuesta del presidente de la Bienal, Pietrangelo Buttafuoco, fallece súbitamente días después de su titulación como curadora principal y seguramente un trabajo previo para esta bienal. El equipo curatorial preservó en esencia el concepto trazado con “In Minor Keys”, que considero interesante en principios, pues establecía un sutil sentido, también político pero asincrónico con lo que sucede desde hace años en este siglo XXI en estado crítico y de trance, en medio de la realidad que se vive desde hace décadas: los postulados atendían al valor de la escucha –de la atención a la expresión de otros, no desde ese ejercicio de vanidad del artista como individualidad de espaldas a la realidad–; para propiciar un acercamiento a “la sanación” como proceso integrador de lo físico, lo mental, lo emocional, lo espiritual; y favorecer una expresión artística que fuese una suerte de asueto en medio de toda la desertificación que afecta a la sociedad global –pues trasciende los ejes culturales tradicionales, cada vez más entremezclados en esta globalidad contemporánea–; y a propuestas que, más que “impactantes visualmente”, penetrasen desde cierta sutileza.
En suma, y haciendo honor al título mismo: una edición que fuese tangencial en cuanto a lo político en el arte, con la idea de activar otros resortes de índole simbólica, desde una “baja intensidad” de lo que ha sido considerado el “artivismo” y otras vertientes expresivas.

Ideas curatoriales como estas pueden resultar interesantes, pero articuladas en tales circunstancias lo que indican es un anestesiamiento del ejercicio crítico de gestores y artistas, muchos pasados por un filtro que parece dar la espalda a la realidad: un trágico conflicto no mediático como el de Sudán, otros más divulgados como el de Ucrania, el Líbano, Gaza, Irán, o la derechización de parte del orbe, tras tantos desmanes y fracasos de una izquierda desacreditada.
Traigo a colación sólo una parte de lo que sucederá por más tiempo en la 61ª Bienal de Arte de Venecia porque indica ciertos problemas culturales –recordando que la cultura es todo lo que generamos como seres humanos, el arte es parte de ello y las artes visuales, un campo del mismo–. Entre diversas problemáticas, la realidad de que la noción de una representación nacional decimonónica, y hasta una parte del siglo XX, no es real hace años. La realidad del mundo contemporáneo, como bien han destacado algunas voces y he insistido sobre ello, más allá del campo artístico y que se percibe en el plano geopolítico para calar en lo «doméstico», transita por otros caminos que trascienden “lo nacional” moderno. El modelo no aplica hace mucho para plataformas artísticas similares. Y en ello otras bienales, trienales o mega-eventos que siguen atascados en una “arquitectura cultural” que ya no es ni real ni funcional. Porque vivimos una época donde los poderes son cada vez más transnacionales, y ello no es novedad. Pero la institución Arte, entre sus tantos desfasajes generales, parece indicar evidentemente una enajenación respecto a la realidad.
Tal circunstancia no afecta solamente a eventos tan complejos como este. Que no ha estado lejos de otros escándalos en ediciones anteriores por intereses financieros, corrupciones resonantes, selecciones tendenciosas y muchas, muchas propuestas de dudosa calidad; pero sí políticamente convenientes según se mueven las veletas a partir de los aires que primen.
St Josef vom Berg. Mayo de 2026
[1] Como ejemplos: la aparición en Occidente de la imprenta de tipos móviles de Gutenberg es consecuencia de un proceso que proviene de los años 1000 de nuestra Era, con algunos antecedentes más básicos desde los años 400 A. N. E. en Roma. Aún se investiga la conexión entre el Jikji coreano, impreso por monjes confucianos en 1377, y la primera Biblia del germano durante la década de 1450. Además se sabe en ciertos circuitos de estudios medievales de la influencia árabe en la península ibérica y el sur de Italia, que influyó en la posterior imprenta de tipos móviles germana. Esto significó un cambio importante para el conocimiento y las artes visuales, que influyó en el arte renacentista y con ello en cambios radicales de la cultura. Todo parecía siempre llegar a un fin, generarse una crisis durante años, y crearse algo nuevo.
Luego la Revolución Industrial. Del siglo XVIII al XIX, con antecedentes desde el XVII, el mundo occidental generó un proceso de cambio cultural que parte de las bases productivas e incide progresivamente –en nombre del progreso– en lo social, lo ideo-político, impulsa el pensamiento moderno con una creatividad que actualmente no todos percibimos con la magnitud que significó. Entre otros giros importantes, la fotografía desde el siglo XIX –ya he referido el proceso en textos anteriores– pareció anunciar “el fin del arte”. Luego el cinematógrafo, la imagen en movimiento. Pero los más avezados asumieron los nuevos instrumentales y modificaron al arte como umbral para una nueva expresión tras la segunda mitad del siglo XIX y aceleró el proceso del arte moderno y vanguardista hasta casi la segunda mitad del siglo XX. Tras ello, otra postulación sobre ese “fin del arte”, argumentado entre otros por Arthur Danto desde los años sesenta del siglo XX, y desde los ochenta del “fin de la historia del arte”. Tras un proceso más evidente en paralelo con sus consideraciones, la irrupción electrónica con la televisión y de ello el video, más evidente en los años sesenta, con el comienzo de los Media art y ya entre los años ochenta y noventa del siglo XX del New Media art –que transita a otra irrupción, más tecnológica, con el proceso de lo electrónico a lo digital–. Desde los noventa del pasado siglo hasta hoy, la efervescencia de un amplio espectro digital que se ha hecho cotidiano, habitual, empleado por muchos que desconocen el campo del arte, y por los más serios artistas que sí lo asimilan desde otras concepciones que he abordado y abordaré en otros textos.
En cada “salto” cultural, han sucedido disímiles cambios que han afectado a la sociedad como generadora de cultura, consciente o inconscientemente –y nuevamente pensando el fin de mucho, tal como se conoce, por lo que una vez más estamos en otra transición–, y además han incidido en otras maneras de proceder y percibir el mundo, positiva o negativamente.
[2] Justamente a pocos días antes de salir este texto se suscitó el 20 de mayo de 2026, en el Centro Universitario Cultural, Coyoacán, Ciudad de México, un ataque de unas decenas de personas, todos mexicanos presuntamente enviados –puede ser que por el partido MORENA y agentes de la Embajada de Cuba en México–, auto-representándose como del Partido Comunista. Ofendieron al público allí presente mientras gritaban gastadas consignas y agredieron físicamente al reconocido director de audiovisuales Ernesto Fundora junto a otros presentes en la presentación de su documental “Estamos conectados”, inspirado en este artista cubano que ha sido clave en la renovación de una oposición al régimen dictatorial cubano.
Es fácil googlear sobre este incidente y sobre Luis Manuel Otero Alcántara su obra, tal vez no del “gusto” mayoritario, pero necesaria y consecuencia de sus principios como artista “outsider” y, junto a otros artistas y activistas, impulso de esos intentos de cambio en su contexto. Junto a todo ello, el importante video clip dirigido por Asiel Babastro “Paria y Vida” con los artistas Yotuel, Gente de Zona, Descemer Bueno, Maykel Osorbo (también en prisión en Cuba por motivos políticos) y el Funky: https://youtu.be/pP9Bto5lOEQ?si=wl5t9PoKZ02tXY0L























