SWALTY 2.0
Persistencia, giro y arquitectura curatorial
Usualmente, la mayoría de quienes distinguen mis afanes tienden a considerar mi persistencia dentro del lenguaje de los medios emergentes desde hace alrededor de dos décadas: esa sensibilidad para asimilar la tecnología y aplicarla como herramienta o como fuente de otros conceptos y resultados desde el campo artístico.
Por esa vocación, justo en medio de un giro máximo en mi vida a partir de septiembre de 2024, inicié en octubre un complejo proceso curatorial que implicó un año de trabajo junto a la artista y curadora Naivy Pérez y al equipo de la New York Latin American Art Triennial (NYLAAT). El 29 de octubre de 2025 logramos concretar la exhibición SMART CITIES.1 Como resultado, aunamos a importantes artistas latinoamericanos que han desarrollado de manera persistente una obra mediante las tecnologías aplicadas al arte, o lo que comúnmente se denomina New Media art.

SMART CITIES fue concebida para la tercera edición de la Trienal bajo el título Sensorial Fusion —la primera edición se realizó en 2019 y la segunda en 2022, ambas igualmente articuladas en torno a temáticas específicas—. En esta ocasión, el eje se tejió en torno a lo arquitectónico, a lo espacial creado por el ser humano y a su relación con otras formas de expresión. Las siete muestras resultantes de NYLAAT 2025 se exhibieron, junto con diversas acciones desarrolladas durante el transcurso de la Trienal, en distintos espacios de Nueva York hasta enero de 2026, e involucraron a más de 120 artistas, principalmente latinoamericanos.
En paralelo al proceso curatorial, fui anotando ideas y ejes que conectaban las propuestas de los artistas. Muchas de esas anotaciones derivaron en el diseño del montaje, concebido entre ambos, como una suerte de guión interno de la puesta en escena. Suelo crearme una especie de banda sonora interior que me permite establecer vínculos entre obras disímiles; como si cada creación fuera un tema musical que debe ordenarse para un concierto o un disco, con las alternancias necesarias entre piezas, buscando sus ritmos propios y el tempo general, los tejidos armónicos que hilan el concepto mayor, y qué sentido melódico-visual puede exaltarse en la muestra completa.
Esto cobra especial relevancia cuando se trabaja en la creación de ambientes que permitan a cada propuesta respirar por sí misma, ya que muchas implican sonido, espacialidad, interacciones físicas del espectador, distancias o escalas específicas, así como condiciones particulares de iluminación u oscuridad. Medio en broma, medio en serio, comentaba con los artistas que se trataba de una especie de muestra-homenaje a Caravaggio, por el necesario tenebrismo que debíamos lograr en un espacio concebido originalmente para otro tipo de propuestas. Todo ello supuso cambios inevitables durante el proceso de montaje e instalación de piezas complejas, dados los requerimientos propios del trabajo con tecnología y las limitaciones de un espacio que debió ser reacondicionado en la medida de lo posible.

En nuestras conversaciones, Naivy y yo coincidíamos en que el resultado de la exhibición se distanciaba de lo evidente en relación con el tema Sensorial Fusion. Cada aproximación a la exposición contribuía a percibir el concepto desde otros modos, pues —como posteriormente dejé asentado en el texto del catálogo— el tema de la Trienal mantenía una relación inherente con la expresión visual de raíces milenarias.
Para muchos, el lenguaje visual implica lo arquitectónico como un dominio que engloba a todas las artes que han alimentado el largo, diverso y complejo proceso de desarrollo de las mismas: las artes visuales, las literarias, las sonoras, las escénicas, las combinatorias y, desde la segunda mitad del siglo XX, los procesos intermediales que derivaron en lo multimedia y, ya en las últimas décadas de ese siglo, en las herramientas que proveen las tecnologías aplicadas a los procesos creativos.
Me interesó subrayar cómo muchos vivimos hoy inmersos en un espectro tecnológico que ha invadido incluso los niveles más ínfimos de nuestra cotidianidad. Como si el presente —que a su vez teje el futuro— no pudiera concebirse sin esa irrupción. Y en gran medida es cierto: desde inicios de la década de 1990 asistimos a un cambio ostensible marcado por la incorporación cotidiana de nuevas herramientas. Hoy nos hallamos inmersos en una verdadera hemorragia tecnológica que devana los sentidos de la sociedad contemporánea.

Varias propuestas indagaban en cómo nos encontramos, en medio de esta circunstancia, atravesando una crisis de sentido: de nuestra manera de experimentar el tiempo, de comprender la existencia, aferrados a modelos y prácticas vetustos que pugnan por pervivir en un proceso que acaso es informe, impreciso, sin una configuración evidente. Así, nos movemos entre transformaciones que reconfiguran nuestras vidas hacia un futuro que anuncia un umbral de nuevos estadios epocales, cuyos derroteros aún no somos capaces de vislumbrar.
Y cómo, en medio de esas incertidumbres, marcadas por el peso del rediseño de una geopolítica distinta —producto tanto de la complicidad como de la fricción entre las mayores potencias del orbe—, y en medio de una presunta disolución de modelos heredados de la modernidad —como los conceptos de identidad, nación, soberanía, diversidad y diferencia, que no son equivalentes—, los espacios se ven afectados como indicadores del espíritu epocal, ese Zeitgeist que tanto me gusta evocar para comprender cada lapso histórico.

El placer de volver a las obras
He escrito y publicado alrededor de cincuenta textos relacionados con los medios emergentes y con las herramientas tecnológicas que aportan nuevos conceptos, problemáticas y prácticas. He organizado eventos y participado en contextos específicos o de carácter internacional, fomentando el conocimiento sobre estos procesos artísticos mediados por la tecnología. Como curador —actividad directamente vinculada, en mi caso, con la investigación, la escritura, la puesta en práctica y la docencia— he desarrollado más de veinticinco exposiciones relacionadas con estas nuevas morfologías artísticas.
Sin embargo, en no pocas experiencias me he sumergido también en el estudio, el impulso o la colaboración con artistas que trabajan principalmente desde el medio pictórico, fotográfico o gráfico; algunos desde la performance, la instalación o un arte participativo más “analógico” y, con menor frecuencia, desde la escultura.

Quienes practicamos un arte mediado por tecnologías, debido a su naturaleza investigativa, solemos ser respetuosos y admiradores del acervo artístico. Indagamos en la historia del arte y en sus relaciones con otros campos culturales. Proponemos una producción más orientada a la experimentación y la exploración que a la inserción en los espacios comerciales del arte. Esto resulta sumamente complejo, pues la producción de capital simbólico continúa estando muy distante del capital financiero, dominado en gran medida por convenciones tradicionalistas en la percepción del arte.
Resulta curioso que, mientras somos sensibles a admirar el arte precedente por sus aportes y transformaciones —no sólo desde lo estético y mucho menos desde el “gusto”—, no ocurra lo mismo desde quienes únicamente asimilan, si es que lo hacen, el arte sustentado en la tradición. La ecuación parece invertida: quienes pueden financiar el arte del presente y del futuro suelen permanecer anclados a parcialidades o invidencias, aceptando únicamente aquello que proviene de la tradición o de quienes continúan repitiéndola, aun cuando poco aportan al lenguaje artístico y, por ende, a la ampliación de las capacidades humanas.

No obstante, casi al inaugurar la exposición en Nueva York, fui convencido de abrir un espacio en la Ciudad de México, BYRON53 quid’art, más orientado a la comercialización de obras de un vasto acervo de artistas. Debo confesar el placer que me produce sumergirme en obras de creadores de las vanguardias y la modernidad: tenerlas en mis manos, documentarlas, escudriñar aquello que no es evidente, sus historias, las razones que llevaron a cada artista a crearlas. Más espectaculares o más sencillas, muchas vibran por sus valores. Mantienen abiertas puertas que me impulsan a estudiarlas y reverenciarlas con justeza, porque gracias a ellas varios seguimos haciendo arte hoy, de maneras distintas, sin darle la espalda al acervo que realmente vale.
Aunque deba ser cuestionada y revisada críticamente, sin la tradición nada de lo que hoy hacemos sería posible. Y de ese modo también se poetiza el arte, más allá de posiciones, tendencias, modos o estilos. Vivir enamorado del arte es eso para mí: reverenciar a quienes lo merecen, estudiarlos, incluso más allá del gusto, que es siempre relativo. Muchas veces me he encontrado revisando obras anteriores a los años sesenta, sin las cuales nada de lo serio, lo sublime o lo renovador del arte actual habría sido posible. Reconocer a quienes transformaron la práctica artística en sus propias contemporaneidades es una cuestión ética y de apertura sensible hacia aquello que vale más allá del tiempo, como en ese triste y hermoso relato de Bradbury sobre la Gioconda en tiempos distópicos.2


Porque adoro volver al arte y a su historia, escudriñar en pormenores que van más allá y que atraviesan periodos, estilos o tendencias. Me confieso un perenne revisor del arte antiguo, el medieval, el gótico, el renacentista; no tanto así con parte del barroco ni del rococó —salvo algunos exponentes visuales y, sobre todo, en la música y la literatura, porque en lo visual se dirigieron a tópicos que poco tienen que ver con mi individualidad y mi manera de comprender el mundo: no es cuestión de “gusto”—. Considero al neoclasicismo una “terapia representacional” necesaria para dar paso a una nueva época, pese a su enquistamiento académico. Pero me emociona el espíritu romántico: no ese cliché generalizado que lo entiende como el estilo de las pasiones, los sentimientos y la creación melancólica, sino el de su compromiso —que, en mi opinión, no ha desaparecido en el fuero de los artistas que más me han estremecido después— con una época de movimientos telúricos, junto a aportes que fueron posibles gracias al desarrollo del estilo y sembraron semillas de mucho arte ulterior. Por eso admiro con reverencia tanto de las vanguardias del siglo XX y la consecuente dinamización que abre el lapso de la contemporaneidad hasta el presente.
St Josef vom Berg, enero de 2026
- SMART CITIES fue exhibida en Lehman College Art Gallery en Bronx, NY —la primera obra arquitectónica de Marcel Breuer en 1960 en esa ciudad, creador perteneciente a Bauhaus y conocido por su famosa silla Wassily o Modelo B3 de 1925-26, la construcción posee una interesante historia, primero como biblioteca y luego como espacio para las artes visuales—.
El espacio desde hace unos años tiene a Bartholomew F. Bland como Director Ejecutivo, a quien le estaremos eternamente agradecidos junto a su equipo (Deborah Yasinsky, Directora Asistente y Curadora de Educación, Tafwiq, responsable de Seguridad, Juan Cano, Jefe de montaje y Tomek Rabalski, Asistente de montaje), en el cual distingo a Linda Locke con su especial experiencia editorial para el catálogo que se realizó de la exposición. Así como al equipo curatorial de NYLAAT compuesto por los también artistas Alexis Mendoza como Director Ejecutivo, Naivy Pérez quien funge como Subdirectora y Directora Operativa y Ezequiel Taveras en calidad de Curador Jefe, junto a otros esenciales con su apoyo como María Thomas, quien fue nuestra Asistente Curatorial, Lesly Fonseca y Pancho López como Consultantes. Contamos con el apoyo institucional de: The City University of New York (CUNY), Bloomberg Connects Inc., New York City Department of Transportation, Materials for the Arts Inc., Toroide Foundation Inc., PRO Republic Inc. y Experimental Loop Inc.
Era una idea concebida en sus inicios por Naivy y Lesly Fonseca. Mas debo confesar que sin esos primeros pasos de ambas, poco hubiera sido posible. Fue especial para mí el proceso curatorial, sobre todo por las ideas compartidas y las obras seleccionadas a partir de un modo personal de trabajar curatorialmente, desde el respeto a los artistas y la búsqueda de soluciones posibles, más enfrascarme directamente en el diseño de todo lo concerniente a las exposiciones o eventos que he realizado o he ayudado a producir. Los artistas participantes fueron Alba Triana, Armando Guiller, Balam Soto, Dora Mejía, Fernando Velázquez, Fidel García, Malitzin Cortés (CNDSD) & Iván Abreu, Joaquín Fargas, Liliana Farber, MINImax, MORAKANA (Sebastián Morales y Tiri Kananuruk), Nestor Siré & Steffen Köhn, Poli Mujica, Rafael Lozano-Hemmer, Rewell Altunaga, Unidad de Conciencias Colectivas Terrestres (Doreen Ríos y Ricardo Sierra) y Yucef Merhi. ↩︎ - “The Smile”, o La sonrisa, es un cuento de Ray Bradbury publicado en el primer número de la revista Fantastic, en 1952. En 2061 una larga fila de personas espera llegar ante un cuadro que “sonríe” y escupirle.
Así el pueblo podía expresar su ira por la cultura del pasado, culpable de las guerras que llevaron al ser humano a un presente sin futuro. Tom, un niño en la fila, al llegar frente a la obra de arte reacciona de un modo inusitado, arranca algo y escapa de las personas… Es uno de los cierres más poéticos y significativos que pude leer en mi adolescencia, en 1988, acompañado del “Barcelona” de Montserrat Caballé y Freddy Mercury que no dejo de visualizar tras la escritura. ↩︎






















